Remolino de fuente
Location: Miami
Camera: Canon PowerShot
Diana Rangel (amiga,fotógrafa y libro-adicta) me recomendó El Libro de Los Abrazos de Eduardo Galeano. La honestidad de los relatos es absoluta que junto a la maestría de los poetas debería ser un libro obligatorio para la vida. De esos para consultar cuando la duda se apodera de la cabeza y no deja escuchar el corazón. Son cuentos cortos “como un abrazo”, así lo describió Diana y así los he recibido.
———-

El diagnóstico y la terapéutica
El amor es una enfermedad de las más jodidas y con-
tagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hon-
das ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados
noche tras noche por los abrazos, y padecemos fiebres
devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de
decir estupideces.
El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito
de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la
sopa o en el trago. Se puede provocar, pero no se puede
impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el
polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada.
El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las bru-
jas. No hay decreto del gobierno que pueda con él, ni
pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas prego-
nen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y
todo.

Remolino de fuente

Location: Miami

Camera: Canon PowerShot

Diana Rangel (amiga,fotógrafa y libro-adicta) me recomendó El Libro de Los Abrazos de Eduardo Galeano. La honestidad de los relatos es absoluta que junto a la maestría de los poetas debería ser un libro obligatorio para la vida. De esos para consultar cuando la duda se apodera de la cabeza y no deja escuchar el corazón. Son cuentos cortos “como un abrazo”, así lo describió Diana y así los he recibido.

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El diagnóstico y la terapéutica
El amor es una enfermedad de las más jodidas y con-
tagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hon-
das ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados
noche tras noche por los abrazos, y padecemos fiebres
devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de
decir estupideces.
El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito
de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la
sopa o en el trago. Se puede provocar, pero no se puede
impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el
polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada.
El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las bru-
jas. No hay decreto del gobierno que pueda con él, ni
pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas prego-
nen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y
todo.